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Lore · Expediente abierto

La Grieta

Los seis cayeron y algo se abrió. Esto es todo lo que se ha podido reunir de los que entraron y volvieron. No coinciden entre ellos. Ninguna parte de este documento está confirmada.

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Lo que pasó cuando cayeron los seis

Durante mucho tiempo, derrotar a los seis señores elementales fue la meta. No había nada después. Quien vencía a Ignarok, a Glacielle, a Terragoth, a Zephyrion, a Voltarion y a Maréxia había terminado el camino, y lo único que quedaba era volver a empezar.

Eso ya no es cierto, y nadie sabe exactamente desde cuándo. Los primeros en notarlo fueron los que volvieron a retar a un señor elemental después de haberlos vencido a los seis: la mesa no era la misma. El jefe conocía jugadas que antes no conocía. Aguantaba más. Cerraba caminos que la semana anterior estaban abiertos. Los seis, sin haberse consultado entre ellos, se habían vuelto más duros al mismo tiempo.

La explicación que más se repite en las tabernas es también la más incómoda: no se volvieron más fuertes. Dejaron de contenerse. Estaban guardando fuerzas para otra cosa, y esa otra cosa dejó de necesitar que las guardaran.

La Grieta

No está en ningún mapa y no se puede buscar. La Grieta no se encuentra: se abre. Y solo se abre para quien ya derribó a los seis, lo cual deja fuera a casi todo el mundo y convierte cada testimonio en algo que hay que creer o no creer, porque no hay forma de ir a comprobarlo.

Los que han entrado coinciden en poquísimas cosas. Que el aire pesa distinto. Que el suelo cambia de elemento debajo de los pies mientras juegas, como si el terreno no terminara de decidir de qué está hecho. Y que ahí dentro no se pelea una vez: se pelea cuatro veces seguidas, sin poder rehacer el mazo entre una y otra, contra algo que en cada asalto se parece menos a lo anterior.

En lo que no coinciden es en qué es ese algo. Y ahí empieza el problema.

Los seis que cayeron

Ignarok

Ignarok

Glacielle

Glacielle

Terragoth

Terragoth

Zephyrion

Zephyrion

Voltarion

Voltarion

Maréxia

Maréxia

Seis victorias que durante años fueron el final del camino. Hoy son el requisito para llegar a la puerta.

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Los registros

Cuatro asaltos, cuatro descripciones, y ni una sola coincidencia limpia entre ellas. Las imágenes son lo único que se ha conseguido registrar, y ya se ve que no es mucho.

Registro I

“Era pequeño. Eso es lo único que puedo jurar. Pequeño y tranquilo, como quien lleva mucho rato esperando y ya se acostumbró a esperar.”

Tres de cada cuatro relatos empiezan igual. El cuarto insiste en que no había nadie.

Registro II

“Le gané. Le gané de verdad, y no se acabó. Se levantó otra cosa en el mismo sitio, y esa ya no estaba tranquila.”

Nadie ha sabido decir si es el mismo que creció o alguien distinto que ocupó su lugar.

Registro III

“Este hablaba. Los otros dos no hablaban. Y lo que dijo no lo voy a repetir porque no lo entendí y prefiero no equivocarme.”

Un solo aventurero, ya mayor, sostiene que sí lo entendió. No ha vuelto a jugar desde entonces.

Registro IV

“Los seis elementos a la vez. En una sola carta. No sé cómo explicarlo mejor: los seis, juntos, sin pelearse entre ellos.”

Es la única parte del expediente que nadie discute. También es la que más gente preferiría que fuera mentira.

La voz

Si uno junta todos los relatos y quita lo que solo dice una persona, queda un único detalle repetido hasta el cansancio: se oye la voz de un niño.

No dentro de la batalla. Antes. En la sombra, del lado en que todavía no hay nada, mientras la Grieta termina de abrirse. Los que la han oído dicen que no amenaza, que no grita, que no pide ayuda. Que suena como alguien que está contando algo que ya contó muchas veces y que sigue contando por si esta vez alguien lo escucha bien.

Nadie ha entendido las palabras. Varios juran que no eran palabras.

El séptimo

Hay un título que aparece en tres testimonios distintos, recogidos en años distintos, por gente que no se conocía entre sí: «el Maestro de los Siete».

Y ahí está el problema que nadie ha podido resolver. Elementos hay seis. Los hemos contado, los hemos peleado, tenemos los nombres de sus seis señores y las veinte cartas que se repartieron entre ellos. Seis. Siempre han sido seis.

Los eruditos que han intentado explicarlo han llegado a tres respuestas, y las tres son malas. Que el testigo se equivocó tres veces igual. Que el séptimo es una forma poética de contar al que los reúne a todos. O que hay un elemento del que no sabemos nada porque nunca ha estado suelto — porque alguien, en algún momento, se aseguró de que no lo estuviera.

El nombre que nadie termina de decir

Y luego está la leyenda, que es más vieja que la Grieta y que casi nadie repite en voz alta.

Cuenta que Alusa, el que aprendió los seis elementos y forjó las veinte legendarias, no se retiró ni desapareció. Cuenta que su magia creció hasta un punto en que el mundo dejó de poder sostenerla — no por maldad, dicen todas las versiones, sino por tamaño — y que hubo que contenerla. Que lo sellaron en el vacío, detrás de todo, y que el sello no fue un castigo sino una obra de ingeniería desesperada.

La leyenda no dice quién lo selló. No dice si aceptó. Y hay una tercera cosa que tampoco dice, que es la que quita el sueño a quien se pone a pensarla: no aclara si Alusa es lo que el sello encierra, o si Alusa es el sello mismo.

Porque si es lo segundo, entonces cada señor elemental que cae debilita algo que a nadie se le ocurrió que estuviera sosteniendo el mundo. Y los seis ya cayeron.

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Lo que no sabemos

  • 01¿Por qué los seis señores se volvieron más duros exactamente cuando dejaron de ser el final del camino?
  • 02¿Quién es el niño, y por qué es lo primero que aparece y no lo último?
  • 03Si los elementos son seis, ¿qué es el séptimo — y dónde estuvo todo este tiempo?
  • 04¿El sello contiene a Alusa, o Alusa es lo que contiene a otra cosa?
  • 05Y la que nadie quiere formular en voz alta: si derribar a los seis abrió la Grieta, ¿qué abre lo que hay dentro?

Este expediente se seguirá ampliando conforme vuelva más gente. Si volviera menos, también diría algo.

La Grieta solo se abre para quien ya derribó a los seis. No hay atajo, y no hay forma de mirar desde fuera.

Empezar por los seis