Antes de las cartas
Hubo un tiempo en que los seis elementos no se hablaban. El fuego quemaba sin permiso, el hielo cerraba caminos que nadie había abierto, la tierra se tragaba lo que le estorbaba y el agua devolvía a la orilla solo lo que no quería. Cada uno era dueño de su rincón del mundo y ninguno entendía la lengua del otro. No había guerra, porque para pelear hay que reconocer al contrario, y ellos ni siquiera eso.
En medio de ese mundo repartido creció Alusa. No fue elegido por ningún elemento, y esa es la parte que casi nadie cuenta bien: no lo escogió el fuego ni lo reclamó el rayo. Los aprendió. Uno por uno, con los años que hicieran falta, hasta que los seis le respondieron. Es el único del que se tiene memoria que haya conseguido las seis lenguas, y el mundo no ha vuelto a producir otro.
La forja de las veinte
Alusa no forjó las legendarias para ganar nada. Las forjó porque descubrió que un elemento, dicho en voz alta y con la palabra exacta, se puede guardar. Encerró en cada carta un pedazo vivo de lo que había aprendido: no un dibujo del fuego, sino fuego; no la idea del abismo, sino el abismo. Por eso pesan distinto en la mano. Por eso ninguna se parece a las demás.
Fueron veinte. Ni una más, y esto importa: no se pueden hacer otras. La forja no era una técnica, era una conversación, y esa conversación ya ocurrió. Cada legendaria que existe en el mundo es la única de su especie — si la tienes tú, no la tiene nadie más, en ninguna partida, en ningún lugar. Cuando cambia de manos, cambia de manos para todo el mundo y para siempre.
Lo que pasó después se cuenta de seis maneras distintas, una por cada señor elemental, y ninguna coincide. Los seis dicen haberlas protegido. Ninguno explica de quién.
El reparto
Lo cierto es que las veinte terminaron dispersas entre Ignarok, Glacielle, Terragoth, Zephyrion, Voltarion y Maréxia. Cuatro quedaron en la ceniza, cuatro bajo el hielo, y las demás repartidas entre la raíz, el viento, la tormenta y el abismo. Ninguno de los seis las usa a la ligera: las guardan para cuando ya no les queda otra cosa que poner sobre la mesa.
Y ahí es donde entras tú. Los señores elementales no regalan nada, pero tampoco son eternos dueños de nada. Una legendaria se gana en la mesa, carta contra carta, y el día que la ganas deja de ser suya para siempre. No hay una segunda copia esperando a que la pierdas. No hay forma de volver a forjarla.
De Alusa se dice de todo. Que se retiró. Que sigue jugando con otro nombre. Que alguna de las veinte volvió a sus manos y nadie se enteró. Quien haya llegado suficientemente lejos contra la tormenta o contra el abismo sabe que hay algo ahí que no encaja del todo — una voz demasiado conocida, un gesto que ya se había visto antes. Pero eso es otra historia, y todavía no toca contarla.
